
Maria, la de los ataques nerviosos, la que me sacaba una década, la que me congeló por dentro, me lo compró durante una soleada mañana de un 23 de abril. Unos meses más tarde, en una de mis decididas mudanzas vitales, lo perdí (siempre malpensado, juraría que ella recuperó de la peor de las maneras su regalo). Y la semana pasada lo compré de nuevo, ahora en castellano, porqué no entiendo el euskera, porqué aquí no se lee en catalán. Empecé a releerlo a los pocos minutos de cerrar La cazadora de astros, el peor de los libros de Zoé Valdés. Y una vez más se me comió la historia. O eso, o mis ansias de protagonismo me empujaron a protagonizarla yo mismo, quién sabe. Ross ya es pasado. Pasado muy reciente, eso sí. Dejó de ser presente justo en la página 13 de La insoportable levedad del ser. De nuevo el admirado Kundera. “Pero ¿era amor? La sensación de que quería morir junto a ella era evidentemente desproporcionada: ¡era la segunda vez que la veía en la vida! ¿No se trataba más bien de la histeria de un hombre que en lo más profundo de su alma ha tomado conciencia de su incapacidad de amar y que por eso mismo empieza a fingir amor ante sí mismo? ¡Y su subconsciente era tan cobarde que había elegido para esa comedia precisamente a una pobre camarera de una ciudad perdida, que no tenía prácticamente la menor posibilidad de entrar a formar parte de su vida!”. Se acabo el fingir, por ahora. Desapareció Ross y ese fantástico restaurante italiano que descansa al lado de los veleros de lujo del puerto de Getxo, donde ella sirve los platos con una sonrisa de oreja a oreja.
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