divendres 29 d’agost de 2008

Dos pistoleros en la estación


Ver gente corriendo para no perder el tren me relaja. Por eso hoy, uno de esos muchos días que me levanto estresado, decidí pasear por la estación. La grande, la del centro, la que me queda cerca de casa, la de Abando. Entré por la puerta de atrás, la de la ria. Miré la pantalla de salidas y llegadas con la tranquilidad que atorga ni tener que irse a ningún lado ni recibir a ningún familiar lejano. Música suave de fondo, ruido de improvisadas charlas. El mismo abuelo de la semana pasada en el mismo banco, y juraría que con el mismo atuendo. La morenita de metro y medio vendiendo la prensa diaria. El peruano simpático con sus cafés y esa sonrisa de ‘ven, siéntate, tomate algo’. Todo bien, hasta que dos pistoleros decidieron jugar a los vaqueros a primera hora de la tarde. Y a falta de calle ancha y polvorienta, y de unos caballos refrescándose a un lado, decidieron sacar las pistolas en el vestíbulo de la estación, delante de la bocatería, rodeados de centenares de personas. Unos cuantos tiros y a casa. Yo, no ellos. A mi me jodieron el ejercicio de relajación. A un negro que pasaba por allí le regalaron un agujero en el brazo. Y uno de los cowboys acabó desangrándose en el suelo. De película. De las malas. ¿Con tanto guardaespaldas mentalmente limitado y desequilibrado, cuantas pistolas me rodean por la calle cuando salgo a pasear por Bilbao? ¡Ya está, estrés crónico!

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