dijous 27 de novembre de 2008

Orgasme número 13

Estaba claro, anunciado, cantado. Algún día tenía que pasar. Y ha sido hoy. Por nada en especial y por todo en conjunto. Abordé el teclado y las teclas no se dejaron aporrear. O se dejaron, pero seleccionando. Me explico. Escribí un pronombre y el pronombre cogió forma. Lo enlacé con el largo apellido de un político gastado, y la pantalla ni parpadeó. El teclado se niega a colaborar más en la creación de textos informativos, aburridos y desesperadamente repetitivos. Tenía que pasar, y ha pasado hoy, mientras Marsé y sus lagartijas celebran el Cervantes. De fondo, Ani DiFranco. Al otro lado, oscuridad gélida y prematura. Más allá, la pregunta: ¿Cambio el teclado o cambio de profesión?

dilluns 24 de novembre de 2008

Orgasme número 12


La ciutat és un semàfor. La mateixa precisió. El canvi constant. La fase de transició. L’homenot verd és la timidesa del sol, raigs de llum i esperança de poder passejar sense mullar-se. L’individu roig és pluja intimidant, la obligació d’amagar-se sota els llençols, el dispendi energètic en temps de crisi. Al mig de tot plegat, reivindicant el taronja, un cel fosc de mirada amenaçant, de durada insignificant. La ciutat és un d’aquells semàfors emprenyadors, col·locats on fan més mal, quan més senzill és fer-te mal. La resta accelera i el deixa enrere sense remordiments, tu –paralitzat- continues dubtant. Vermell, torna a diluviar.

divendres 7 de novembre de 2008

Orgasme número 11


Ando agotado. Llevo todo el día metiendo mis objetos en unas cajas de cartón que compré ayer en un gran centro comercial. Sí, ahora las cajas de cartón de toda la vida también se compran. Los libros, con los libros. Los discos compactos con las películas. La ropa en los recipientes más grandes. Los platos y los vasos recubiertos con papel de periódico (por fin le encontré una utilidad a la sección de cultura y espectáculos). Las botellas de vino, mejor me las bebo, no sea que se rompan con tanto trajín. El equipo de música encajado entre los bafles. El ordenador, la pantalla plana que me regaló ella y el teclado, con una etiqueta de frágil. El taburete, inservible, en el container de la calle ¡Y ya! Yo agotado. Decenas de cajas en la escalera, tocándole la moral a la inagotable e insufrible vecina octogenaria. El piso vacío parece más grande. Casi tan grande como hace tres años. ¡Joder, tres años ya! Ahora solo falta decidir donde lo llevo todo, y si yo voy detrás.