
Llega la primavera, escupe tres días de olvidado sol y agradables temperaturas y, con la gente ilusionada y la ropa de abrigo aparcada, se echa para atrás, recuperando sin previo aviso el cielo gris y esa lluvia imperceptible y tan molesta. Sirimiri lo llamamos aquí. ¡Maldita estación poco fiable! El libro en el banco del parque y el relajante masaje solar, para otro día. Hoy toca reclusión casera, con ruidos de aspiradora y lavadora centenaria de fondo. Y la colombiana de mil y un trabajos distintos y sonrisa crónica cantando una canción de amor de ritmo dudoso y rimas lamentables. Me siento, en silencio, escucho, cruzo el océano y allí me quedo, en una pequeña habitación de la caótica Bogotá, con ella, los dos debajo sus sabanas, pegados, ajenos al resto… el tiempo dejó de importar. Coge la plancha y sigue cantando, con más acento que antes. Un par de canciones más y compro el billete de avión.
